En este país de pícaros y listillos que la literatura española tan bien ha descrito durante tantos siglos se me hace imposible creer que todavía piensen, algunos, que no los pillarán, entendiendo que saldrán impunes y que sus tropelías no van a tener castigo jamás. Me da pavor asistir al lamentable espectáculo que supone el hecho de que en esta sociedad globalizada sigue habiendo personajillos que se creen por encima de las leyes y campan con total impunidad para hacer lo que quieran.

 

No es lo mismo las pillerías del Lazarillo de Tormes, con queso y uvas, o las situaciones que describían Mariano José de Larra y Benito Pérez Galdós, retratando la sociedad de la época, que los lamentables capítulos con los que nos despertamos cada día con  excesos y abusos que todos conocemos, con todo lujo de detalles grotescos.

La corrupción no creo que sea ni de derechas ni de izquierda, sólo es corrupción. Una bacteria maligna, muy dañina y extremadamente contagiosa que no tiene cura conocida salvo con una enérgica intervención radical y la amputación del miembro afectado.

Mientras que no se asuman sus consecuencias, se pongan paños calientes y se justifiquen los comportamientos, difícil papeleta tenemos entre manos los ciudadanos y, claro está, no habrá una cura definitiva. No se trata de modas, porque me niego a creer que se ponga de moda que para ser alguien en un lugar concreto deba estar imputado por jugar al límite, saltándose todas las reglas del marco regulatorio normativo e, incluso, haciendo ostentación con alevosía.

¿Dónde quedaron valores como honestidad, honorabilidad, respeto, educación, moralidad? ¿De qué color es la conciencia de estos individuos? Si quieres que algo no se sepa, que no se descubra o que no te salpique, lo mejor es no hacerlo y evitar que otros puedan hacer sus fechorías, aunque sea impopular y a riesgo de ser vilipendiado por no comulgar con sus ilegalidades. ¡Qué cara se le queda a la gente de bien cuando se dan cuenta de que todos los excesos que han visto durante años, de los que hasta dudaron y llegaron a pensar que eran normales y fruto del trabajo honesto, en realidad eran un robo a manos llenas y sálvese quien pueda, trincando lo que sea y como sea!

Hasta diría que lo tenemos en el ADN y es por eso que el germen de la corrupción está en todas las capas y estratos de nuestra sociedad. Desde la abuela que va hablar con el primo concejal para que le dé un puestito a su nieto en el ayuntamiento hasta el padre que intercede para que le busquen un trabajo a su hijo; desde la invitación con un simple cortado pagado en un bar al policía local a la cesta de frutas y verduras para al médico del seguro, o al maestro hasta la invitación a comer con su familia que la feligresa le hace al cura del pueblo, pasando por políticos, empresarios y demás estamentos, clases e instituciones de nuestra sociedad en los que simples acciones como estas, en las que no se repara, luego hacen que se llegue a cosas mayores que todos contemplamos atónitos día tras día.

Devolver lo indebido. Es lo mínimo que tendrían que hacer, pero como para muchos corruptos no sería suficiente, se me antoja poco castigo para tamaña ofensa a sus congéneres en los que, en muchos casos, le han depositado la confianza para que administre el interés general y actúe en defensa del bien común, traicionándola vilmente sin mostrar ningún gesto o arrepentimiento alguno.

¿Cuál podría ser la solución? Se me ocurre empezar a ser críticos con nosotros mismos y aplicarnos en el cumplimiento de la honestidad y la honradez, educando en valores a nuestros hijos y, posteriormente, trasmitirlo a los demás, no tolerando el “todo vale” que hasta ahora se ha permitido y que tanto daño le ha hecho a nuestra sociedad, hasta el punto de que la actual crisis no sólo es económica, sino, también, de valores.

 

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